Dios decidió revelarse a la humanidad y dar a conocer su identidad a través de su relación con el pueblo de Israel (Ezequiel 39:7). Desde Adán, pasando por Noé, Abraham, Isaac y Jacob, fue tejiendo una historia de amor que formalizó en el monte Sinaí cuando Dios entró en pacto matrimonial con todo su pueblo (Éxodo 19 y Hebreos 9:18-20). 

 

En este pacto, Dios cumplía el rol del hombre y su nación el de la mujer. Como todo matrimonio su intención era que fuese para siempre, sin embargo, si alguna de las dos partes incurría en adulterio, el afectado podría apelar al divorcio pues sería el único motivo legal para disolverlo antes de la muerte de alguno de los cónyuges (Mateo 5:32). 

 

Es importante aclarar cuál sería el caso de adulterio para ambas partes, lo cual se explica de la siguiente manera:

  • Adulterio cometido por Dios = Entrar en alianza con otra nación 
  • Adulterio cometido por su nación = Entrar en alianza con un dios falso 

 

Además, si el divorcio ocurría y la parte infractora se casaba nuevamente, no podría retornar para casarse con su primer esposo(a) (Deuteronomio 24:1-4; Jeremías 3:1) y arrastraría su pecado de adulterio a sus siguientes matrimonios, logrando ser realmente libre hasta que su primer cónyuge muriera (Romanos 7:1-3; 1 Corintios 7:39)

 

A pesar de las condiciones, el pueblo de Israel, conformado por las 12 tribus descendientes de los 12 hijos de Jacob, cometió adulterio contra Dios en varias oportunidades, siendo el Rey Salomón, hijo del Rey David, quien desbordó la copa, y decidió adorar deliberadamente otros dioses falsos luego de pasar por alto el mandamiento de no casarse con mujeres de otros pueblos, pues de hacerlo así, corrompería su corazón y lo llevaría a ser infiel a Dios al adorar dioses extraños de otras naciones (1 Reyes 11:1-8)

 

La consecuencia a dicha situación fue la división en dos de la nación de Israel, donde las 10 tribus del norte se separaron de las dos del sur y terminaron en enemistad y luchas entre sí (1 Reyes 11:9-13; 11:30-36; 12:19). Desde entonces las 10 tribus del norte fueron conocidas como: el Reino de Israel y establecieron su capital en la ciudad de Samaria (1 Reyes 16:23-31), por otro lado, las 2 tribus del sur, conformadas por la tribu de Judá y Benjamín (1 Reyes 12:21), fueron conocidas como el Reino de Judá, teniendo como capital a Jerusalén (2 Crónicas 34-1-3; 36:11), y siendo identificadas posteriormente como los judíos, descendencia de la que vendría el Mesías-Jesús. 

 

Además de lo anterior, ambos reinos ahora divididos cayeron en esclavitud por no arrepentirse e insistir en su pecado de idolatría y adulterio contra Dios a pesar del constante llamado al arrepentimiento que él les hacia a través de los profetas que les enviaba (2 reyes 17:13-17; 2 Crónicas 30:6-10; Oseas 6:10-11; 6:5-6; 9:7), como lo hizo con: Elías, Eliséo, Amós y Oseas para el caso del Reino de Israel; y también con Jeremías, Isaías, Ezequiel y Miqueas para el caso del Reino de Judá.

 

Fue entonces como el Reino de Israel fué esclavizado por Asiria (2 Reyes 17:5-6; 17:23; 18:9-12) hacia el año 722 a.c y el Reino de Judá por Babilonia (2 Reyes 25 – Jeremías 39 y 20:4-5) casi 140 años después, hacia el año 586 a.c.

 

Dios permitió que el Reino de Judá estuviera bajo esclavitud durante 70 años (Jeremías 25:11-12; 29:10) trayendo su libertad y regreso a Jerusalén después de dicho periodo (Esdras 1). Por el contrario, el Reino de Israel, es decir, las 10 tribus del norte, no regresaron a su territorio ni recobraron su libertad, sino que se mezclaron con las demás naciones y perdieron su identidad como esposa y pueblo de Dios (Oseas 7:8-9), pasando a ser conocidas popularmente como las 10 tribus perdidas de Israel, y siendo ahora parte de los “gentiles”, es decir, de las demás naciones de la tierra las cuales no están en pacto con Dios y por ende no son su pueblo. 

 

El destino del reino de Israel, no fue una casualidad, en realidad fue el resultado de lo expresado por Dios a través de los profetas Jeremías y Oseas, donde se explica cómo él no tendría compasión de su insistente adulterio y dejaría de ser su Dios (Oseas 1:6 y 1:9) trayendo como resultado su separación legal a través de la carta de divorcio que Dios les entregó (Jeremías 3:8; Deut 24:1).

 

En contraste, Dios tendría misericordia del Reino de Judá (Oseas 1:7; 5:14) pero no por su comportamiento, ya que fue tan infiel como el Reino de Israel (Jeremías 3:7-11; 2 Reyes 17:19; Oseas 6:4) sino más bien porque a través de su descendencia, es decir, de los judíos, cumpliría su promesa de enviar al Mesías, quién traería la salvación, redimiría de sus pecados a su pueblo y reunificaría ambos reinos divididos. Éste fue Jesús quien debía venir a la tierra por medio de la descendencia de la tribu de Judá (Génesis 49:10; Zacarías 10:4; Miqueas 5:2), la cual se fué tejiendo a través de Isaí, padre del Rey David (Isaías 11:1-4; Jeremías 23:5-6; Apocalipsis 22:16) y finalizó hace 2000 años con María, vientre virginal del cual nació en forma humana (Mateo 1:16; Isaías 7:14)

 

Si Dios se hubiera divorciado también del Reino de Judá, no hubiera podido engendrar legalmente al Mesías a través de este reino, ya que sería entonces un hijo ilegítimo, engendrado fuera de su matrimonio, y por ende un hijo de fornicación.

 

En este punto tenemos entonces al Reino de Israel como la ex-esposa de Dios ya separada de él y mezclada con los gentiles; y al Reino de Judá aún como esposa de Dios pero llevando en sus hombros la mancha de su infidelidad.

 

El misterio de todo lo anterior yace en el hecho en que Dios promete que al final de la historia reunirá de nuevo a los dos reinos divididos y los hará uno solo nuevamente, con el fin de restaurar el compromiso y casarse con ellos para siempre (Hechos 26:7; Ezequiel 37:15-22; Jeremías 3:18; Jeremías 30:1-3; Oseas 1:11; Isaías 11:12-13), pero ¿cómo podría ocurrir esto si Dios se divorció del Reino de Israel y tal como lo explicamos al principio, una mujer adúltera separada no podría casarse nuevamente con su primer esposo (Deuteronomio 24:1-4; Jeremías 3:1) y su pecado por faltar a su primera pacto matrimonial la perseguiría hasta que el primer esposo muriera (Romanos 7:1-3)?…  

 

Es por esto que el divorcio con el Reino de Israel le imposibilitaba a este último casarse nuevamente con su primer esposo, es decir, con Dios. La única manera en que este reino podía ser liberado del pecado de adulterio que lo perseguía y condenaba era que su primer esposo muriera, y fue precisamente ese precio el que vino a pagar Jesús nuestro Mesías. 

 

Él era Dios (Juan 1:18), el esposo de la antigüedad (Jeremías 31:32; Isaías 54:5), que ahora tomó forma humana para venir a sacrificarse (Mateo 20:28; 26:27-28; Filipenses 2:5-8) y entregar su vida para cumplir dos objetivos: rescatar al Reino de Israel quien se había mezclado entre los gentiles y se encontraba legalmente imposibilitado para volver a unirse a él (Juan 4:39-42; Efesios 2:11-13; 2:19); y también, para limpiar al Reino de Judá, quienes aún siendo parte del pacto habían sido infieles (Juan 8:33-36), borrando así la pared de enemistad que separaba a ambos pueblos, reconciliándolos para sí mismo y permitiendo que puedan ser uno solo nuevamente (Efesios 2:14-22; Juan 11:51-53)

 

Después de su sepultura, y por la justicia que en Él habitó, pues nunca pecó (1 Pedro 2:22), Dios resucitó a Jesús del poder de la muerte (Hechos 2:32; 13:37) luego de 3 días y 3 noches (1 Corintios 15:3-4;  Mateo 12:40; Juan 2:19-22), volviendo a la vida para tener la posibilidad legal de ser nuevamente el pretendiente de Israel, quien ya no sufre división ni la condena de su pasado.

 

Jesús está invitando a las 12 tribus de Israel (Santiago 1:1) a un nuevo noviazgo (Jeremías 31:31-33; Hebreos 9:15), que se sostiene por la promesa en que él, como prometido, está preparando vivienda para su futura esposa, y regresará una vez todo esté listo para contraer matrimonio (Juan 14:1-4; Hechos 3:21) con todos aquellos que, independientemente de su ascendencia judía (Reino de Judá) o gentil (Reino de Israel), entendieron que son su pueblo Israel (Efesios 2:11-22) y lo esperan en santidad como una prometida fiel que espera pacientemente a su futuro prometido sin mancha, es decir, guardando sus mandamientos (Apocalipsis 19:7-8; Mateo 25:1-13; 22:1-14; 1 Tesalonicenses 5:23)

 

Así era como en la antigüedad gestaban un matrimonio; el padre buscaba esposa para su hijo (Génesis 24:1-4). Luego de hallarla y con la aceptación de ambas partes iniciaba el compromiso (Génesis 24:50-53). Excepto que el hombre ya tuviera todo preparado logísticamente, el compromiso se cimentaría sobre la promesa de que él iría a preparar vivienda mientras que la mujer lo esperaría con paciencia y en fidelidad (Mateo 24:42). Una vez todo estuviera listo, el prometido regresaría para casarse y llevarla con él para siempre (Juan 14:1-4)

 

Aquellos que dicen que creen en Jesús, pero no lo esperan en fidelidad, es decir, guardando sus mandamientos, se llevarán una gran sorpresa, pues no serán parte de dicha boda (Mateo 7:21-23; 1 Corintios 6:9-11; Apocalipsis 22:15)

 

¡Nuestro prometido está en camino!, él vuelve pronto y traerá consigo su gran recompensa (Apocalipsis 22:12-14). La vivienda final para nuestra eternidad junto con nuestro amado se está preparando, y solo tendrá 12 puertas de acceso, que llevarán los nombres de las 12 tribus de Israel, ya que solo Israel fue, es, y será su gran amada (Apocalipsis 21:9-13; Joel 2:27; Hechos 26:7). ¡Esperemoslo fielmente y no cabe duda que seremos parte de dicho matrimonio eterno!.