Dios decidió revelarse a la humanidad desde el comienzo de su creación. Desde Adán, pasando por Noé, Abraham, Isaac y Jacob, fue mostrando su plan y tejiendo una historia de amor, como la de un padre con sus hijos. Fue a través de este último, Jacob, que ocurrió un punto de inflexión, ya que durante su vida, y decidido a ser bendecido por Dios, luchó toda una noche para que Dios lo bendijera (Génesis 32:22-32; Oseas 12:3-5) en uno de los momentos más tensionantes de su vida: a puertas de su reencuentro con su hermano Esaú quien hasta ese momento quería matarlo (Génesis 33). Dios decidió cambiar el nombre de Jacob, que significa: suplantador; para llamarlo ahora Israel, qué significa: el que luchó con Dios y venció; por su gallardía al luchar por la bendición a pesar de las adversidades (Génesis 32:28), siendo este mismo nombre con el que Dios dió identidad a todo su pueblo desde ese momento.

 

Jacob tuvo 13 hijos – 12 varones y 1 mujer – conformando así, a través de los varones, el comienzo de las 12 tribus de Israel, que tomarán protagonismo a través de la historia bíblica y en el plan de Dios para toda la humanidad. Recordemos cómo fue la distribución de estos 13 hijos con respecto a la mujer con la que Jacob los tuvo:

  • De su primera esposa Lea: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón y Dina.
  • De Zilpá, sierva de Lea: Gad y Aser.
  • De su esposa favorita, Raquel: José y Benjamín.
  • De Bilhá, sierva de Raquel: Dan y Neftalí.   

 

Para ese entonces (no para nuestros días), Dios pasó por alto la poligamia, es decir, que un hombre pudiera tener mas de una cónyuge entre esposas y concubinas (siempre y cuando fuera de su mismo pueblo), sin embargo, las esposas tendrían un derecho y respaldo superior. Es importante tener en cuenta esto, porque tal como lo resaltamos anteriormente, 2 de estos hijos: Judá y José, quienes fueron engendrados por medio de las esposas de Jacob y no de sus siervas, tendrían relevancia e importancia en el futuro y descendencia de Israel.

 

Por un lado, Judá recibió la revelación de Dios a través de su padre Jacob, quien mientras lo bendecía antes de su muerte, profetizó que a través de su descendencia llegaría el rey de Israel y su trono permanecería para siempre (Génesis 49:10; Zacarías 10:4; Miqueas 5:2), cumpliendose con exactitud ya que María, vientre virginal del cual nació en forma humana Yeshúa (Jesús) el Mesías, hace alrededor de 2000 años, era descendiente de dicha tribu (Mateo 1:16 y Isaías 7:14). 

 

Por otro lado, José, se convirtió en aquel hijo que, de manera figurada, resucitó de entre los muertos, ya que su juventud estuvo marcada por caer como esclavo en manos de mercaderes ismaelitas (madianitas) desconocidos, luego de que sus hermanos lo entregaran y así lo alejaran de la casa de su padre Jacob, quien lo consideró muerto en su corazón luego del testimonio falso de sus hermanos, quienes llenos de envidia por su rectitud, sueños y visiones lo declararon muerto ante su padre (Génesis 37). Pero José “resucitaría” para él muchos años después, cuando Dios lo exaltó y lo llevó a convertirse en el segundo al mando de toda la nación de Egipto (Génesis 41:41-46), usando esto para que su padre Jacob, sus demás hijos y todo su pueblo pudieran ser salvados de la escasez de alimentos que la tierra padecía y a su vez fueran protegidos en esta nación (Génesis 45 y 46).

 

Luego de esto, Jacob, al igual que a sus demás hijos, bendijo a José antes de su muerte (Génesis 49:22-26), sin embargo, ocurrió algo particular, ya que también bendijo a los 2 primeros hijos de josé: Manasés y Efraín, como si fueran propios (Génesis 48:5-12). Y no solo esto, sino que dió la bendición mayor a su hijo menor, Efraín, y la bendición menor a Manasés a pesar de su primogenitura (Génesis 48:13-19), afirmando que a través de la descendencia de Efraín se daría origen a multitud de naciones (Génesis 48:19). Y es que Efraín, a pesar de ser hijo de José, pasó a tener la bendición de la primogenitura entre los hijos de su abuelo Jacob, ya que Rubén, quien fué su primer hijo varón, profanó el lecho de su padre por lo que no fue reconocido como tal (1 crónicas 5:1-2; Génesis 49:2-4; Génesis 35:22). 

 

Este suceso es uno de los más relevantes en toda la historia bíblica, ya que bajo el nombre de Efraín muchos profetas se refirieron al futuro plan de adopción y heredad que Dios está gestando y aún está por cumplirse en su totalidad, pero ésto lo explicaremos más adelante. 

 

Hasta este punto tenemos a Judá con la promesa de que su descendencia traería al Mesías y su trono permanecería para siempre; y a Efraín, con la promesa de que por medio de él se daría origen a multitud de naciones

 

Siguiendo los principales sucesos del pueblo de Israel a lo largo de la antigüedad, notamos una constante rebeldía contra Dios, rompiendo 2 de sus principales mandamientos: no tener otros dioses además de él, ni hacerse ídolos (Éxodo 20:1-6; 2 Reyes 17:34-41), lo cual trajo consecuencias notables entre el pueblo, especialmente posterior a la muerte del Rey Salomón, hijo del Rey David, quien en vida decidió adorar deliberadamente otros dioses falsos luego de pasar por alto el mandamiento de no casarse con mujeres de otros pueblos, pues de hacerlo así, corrompería su corazón y lo llevaría a ser infiel a Dios al adorar dioses extraños de otras naciones (1 Reyes 11:1-8)

 

La consecuencia de la suma de todas estas situaciones fue el rompimiento de la hermandad entre las 12 tribus de Israel, trayendo su división en dos, donde las 10 tribus del norte se separaron de las dos tribus del sur y terminaron en enemistad y luchas entre sí (1 Reyes 11:9-13; 11:26-43 y 1 Reyes 12). Desde entonces las 10 tribus del norte fueron conocidas en gran parte de las escrituras como: Efraín y establecieron su capital en Samaria (2 reyes 17:1-2; Oseas 8:5-6). Por otro lado, las 2 tribus del sur, conformadas por la tribu de Judá y Benjamín, fueron conocidas como Judá, teniendo como capital a Jerusalén, y siendo identificadas posteriormente como los judíos, descendencia de la que vendría el Mesías Yeshúa (Jesús). 

 

Además de lo anterior, ambos hermanos (pueblos) ahora divididos, cayeron en esclavitud por no arrepentirse e insistir en su pecado de idolatría y adulterio contra Dios (2 reyes 17:13-20; Oseas 6:10-11), a pesar del constante llamado al arrepentimiento que él les hacia a través de los profetas que les enviaba (Oseas 6:5-6 y 9:7), como lo fueron: Elías, Eliséo, Amós y Oseas, especialmente para el caso de Efraín; y Jeremías, Isaías, Ezequiel y Miqueas, especialmente para el caso de Judá.

 

Fue entonces como Efraín fué esclavizado por Asiria (2 Reyes 17:23 y 17:1-8) hacia el año 722 a.c y Judá por Babilonia (2 Reyes 25 – Jeremías 39 y 20:4-5) casi 140 años después, hacia el año 586 a.c.

Dios permitió que Judá estuviera bajo esclavitud durante 70 años (Jeremías 25:11-12; 29:10) trayendo su libertad y regreso a Jerusalén después de dicho periodo (Esdras 1). Por el contrario, Efraín, es decir, las 10 tribus del norte, no regresaron a su territorio ni recobraron su libertad, sino que se mezclaron con las demás naciones (gentiles), perdiendo su identidad como hijos de Dios (Oseas 7:8-11), e intentando una ineficaz reconciliación con su Padre (Dios) dado que ahora desconocían su verdadera ley (Oseas 8:12).

 

El destino de Efraín, no fue una casualidad, en realidad fue el resultado de lo expresado por Dios, principalmente a través del profeta Oseas, donde se explica cómo Efraín durante su vida terrenal deshonró su llamado como hijo adoptivo de Jacob al rendirle culto a un dios falso (Oseas 13:1-3), comportamiento que también heredó su descendencia (Oseas 11:3-7; 12:1; 12:8; 13:1-3; 13:12-13). A lo que Dios respondió inicialmente con rechazo, negándoles su perdón (Oseas 1:6; 13:14-16) y llamándolos pueblo ajeno (Oseas 1:9) que equivale a lo mismo que llamarles pueblo gentil (fuera de pacto).

 

En contraste, Dios tendría misericordia de Judá (Oseas 1:7; 5:14) pero no por su comportamiento, ya que fue tan idolatra como Efraín (Jeremías 3:7-11; Oseas 6:4 y 11:12) sino más bien porque a través de su descendencia, es decir, de los judíos, cumpliría su promesa de enviar al Mesías.

Hasta este punto, tenemos a:

  • Judá: Pueblo de Dios de entre los Judíos (tribus de Judá y Benjamín).
  • Efraín: Pueblo de Dios de las 10 tribus restantes, extraviados y mezclados entre las naciones, es decir, entre los gentiles.

El misterio de todo lo anterior yace en el hecho en que a pesar de las declaraciones expuestas por Dios en contra de Efraín, Él declara que su amor por ellos lo conmueve, que no podría abandonarlos para siempre, que no dará rienda suelta a su ira en su contra (Oseas 11:8-9; Jeremías 31:20) que los amará de pura gracia y los hará florecer trayendolos a habitar nuevamente bajo su sombra (Oseas 14:4-9) con el fin de reunir nuevamente en  casa a sus 2 hijos. Él promete juntar a Judá con Efraín para que vivan nuevamente en la hermandad del comienzo bajo un solo Padre (Ezequiel 37:15-22; Jeremías 30:1-3; Oseas 1:11; Isaías 11:12-13; Hechos 26:7).

 

Este fue exactamente el objetivo de la llegada del Mesías a la tierra hace aproximadamente 2000 años, dejándolo en evidencia cuando declaró que su misión era llamar no solo a sus ovejas de entre el redil de Judá, sino también, llamar a las ovejas que tenía en otro redil, es decir, entre el redil de los gentiles; con el fin de formar un solo rebaño con un solo pastor (Juan 10:16).

 

Yeshúa (Jesús) fue el enviado de Dios profetizado desde tiempos antiguos (Deut 18:15; Isaías 11:1-4; Jeremías 23:5-6) quien al entregar su vida en la cruz, tumbó el muro de enemistad que había entre Efraín y Judá (Efesios 2:14-15; Isaías 11:13), y proclamó la reconciliación de ambos hermanos con su Padre (Efesios 2:16; 2 Corintios 5:18-20).

 

El proclamó paz para los que estaban lejos (Efraín) y paz a los que estaban cerca (Judá) (Efesios 2:17), con el fin de que ambos hijos (ambos pueblos) tuvieran nuevamente acceso a su Padre por un mismo Espíritu (Efesios 2:18).

 

Ahora comprendemos que Efraín, después de estar alejado, extraviado y perdido, ha retornado nuevamente a la casa de su Padre (Efesios 2:19); y junto con su hermano Judá, están siendo edificados sobre el fundamento del Mesías (Efesios 2:20-22) para que juntamente lleguen a ser la morada de Dios y puedan recibir la herencia prometida a través de él (Romanos 8:14-17) sin el riesgo de volver a dividirse.

 

Lo anterior nos permite entender con mucha más luz “La parábola del hijo pródigo(Lucas 15:11-32), donde uno de sus 2 hijos (Efraín), se apartó de su hermano (Isaías 7:17) y se mezcló con las demás naciones (Oseas 7:8-9), para luego llenarse de arrogancia, y despilfarrar su herencia, dignidad y juventud (Oseas 7:9-11), hasta el día en que avergonzado y humillado se lamentó por apartarse de la casa de su Padre, y arrepentido de su error deseó genuinamente volver para ser restaurado, dispuesto a ocupar cualquier lugar con tal de ser recibido (Jeremías 31:18-19), a lo que su Padre respondió con amor, misericordia y compasión (Jeremías 31:20). 

 

Ahora podemos descubrir cómo la rebeldía de Efraín y su mezcla con las naciones, fue usada por Dios para bien, pues a través de ella, Dios llamó a las naciones (gentiles) para que por la fe en su Hijo fueran recibidos (injertados) en su casa nuevamente (Rom 11:17-21), cumpliendo así la profecía expresada por Jacob antes de morir, cuando declaró que Efraín se convertiría en multitud de naciones (Génesis 48:19). 

 

Mientras tanto, su otro hijo Judá, aunque estuvo siempre en la “casa de su Padre”, aún debía corregir su corazón, y dejar de alimentar la rencilla con su hermano Efraín (Isaías 11:12-13), pues en principio no lograba aceptar la misericordia que su Padre tenía con él, y mucho menos el recibimiento y recompensa que les decidió otorgar a pesar de su pasado (Hechos 11:18). 

 

Los creyentes en el Mesías del pueblo judio (Judá) sabían que el objetivo final de Yeshúa (Jesús) era restaurar todo el reino de Israel (Hechos 1:6), es decir, a sus 12 tribus (Hechos 26:7; Santiago 1:1); sin embargo, al comienzo no comprendían cómo iba a ser esto posible, sin embargo, nuestro Señor nos mostró su plan desde el principio, pues reveló su identidad a Samaria (Juan 4:26), que históricamente había sido el epicentro de aquellos hijos extraviados de la casa de Efraín que vivían en enemistad con los Judios, e intentaban adorar a Dios sin éxito pues adoraban lo que no conocían (Juan 4:22). A los samaritanos, Dios les concedió la oportunidad de que sus ojos fueran abiertos y así pudieran reconocer que Yeshúa (Jesús) era el Mesías y por medio de Él, poder retornar a la casa de su Padre Celestial (Juan 4:39-42). Incluso le expresó a los judios que cumplir el mandamiento de amar a su prójimo se resumiría en amar a los samaritanos (Lucas 10:25-37), pues hasta ese momento su enemistad era más que notoria (Juan 4:9)

 

Después de su resurrección y previo a su ascensión al Cielo, Yeshúa dejó claro su propósito de enviar su Espíritu para que tanto Judá (hijos de Dios en Jerusalén y toda Judea), como Efraín (hijos de Dios en Samaría y entre todas las naciones de la tierra) (Hechos 1:7-8) fueran testigos de que Él vive y retornará para culminar su plan profético (Juan 10:16; Mateo 24:30-31; Hechos 26:7; Ezequiel 37:15-22; Jeremías 30:1-3; Oseas 1:11; Isaías 11:12-13; Zacarías 9:13).  

 

A Dios el Padre y a su Mesías Yeshúa sean toda la gloria (Juan 5:23; Juan 10:30), por no haber simplemente puesto sus ojos en aquellos que estaban cerca a él, sino en arriesgarlo todo por ir alcanzar a aquellos que estábamos lejos de casa, extraviados y perdidos (Juan 10:16); como aquel que rescata su moneda perdida (Lucas 15:8-10), como aquel que retorna a su rebaño a su oveja perdida (Lucas 15:1-7).