El ser humano gozaba de total plenitud desde su creación hasta el día en que Adán y su esposa desobedecieron a Dios en el jardín del edén (Gn 3; Oseas 6:7), lo que causó que el pecado entrara al mundo y por medio del pecado también entrará la muerte (Rom 5:12). En Génesis 3 podemos notar los sentimientos inmediatos que esto generó en el ser humano. Por un lado la vergüenza por su desnudez (Gn 3:7) fue notoria a pesar de que previamente esto no era un problema (Gn 2:25); Por otro lado, el rechazo y miedo a Dios apareció pues se escondían de él (Gn 3:8-10; Jn 3:20-21) a pesar de que él los creó y amó desde el principio (Gn 2). 

 

Nos relatan también que el hombre y la mujer buscaron con su propio entendimiento y medios “cubrir su desnudez” con hojas de higuera (Gn 3:7) pero Dios mismo corrigió dicha acción y cubrió la desnudez de ambos de una manera distinta, lo hizo con ropa de pieles (se presume con fue con pieles de cordero) con lo cual los vistió (Gn 3:21). Podemos notar que para que Dios haya usado piel de cordero o de otro animal, este último tuvo que haber sido sacrificado por Dios previamente a pesar de que era inocente, con el fin de que a través de ese sacrificio el ser humano pudiera ser cubierto.  

 

Este acto, no es otra cosa que la imagen del plan de Dios para “cubrir la desnudez” del ser humano, que en manera figurativa es cubrir nuestros pecados junto con la culpabilidad y vergüenza que estos generan, pues son la desnudez del hombre, lo cual Dios llevaría a cabo a través de un tercero inocente que él mismo sacrificaría, y con dicha vida y sangre pagaría la consecuencia inherente del pecado que es la muerte (Rom 6:23) ya que sin derramamiento de sangre no hay perdón (Heb 9:22).

 

Basados en esta verdad, Dios dispuso durante aproximadamente 4000 años – desde el destierro de Adán del Jardín del Edén y hasta la primera venida de Yeshúa (Jesús) a la tierra – la posibilidad de expiar los pecados del pueblo (eliminación de la culpa por el pecado) y de hacer propiciación por dichos pecados (apaciguamiento de la ira de Dios retardando su justicia) a través del sacrificio de animales puros (Lv 16:15-16; Lv 17:11; Lv 4) los cuales protegían temporalmente al pueblo de Dios de no ser condenados por sus pecados de ignorancia o inadvertidos (Num 15:22-29; Lv 4; Lv 5:14-19), ya que cuando se hacían deliberadamente (Heb 10:26-27) o en actos serios de rebelión podrían llegar a encontrar la muerte inmediata (Num 15:30; Num 16; Num 14:37-38).

 

En medio de este plan de perdón de pecados para todo el pueblo, Dios estableció un orden claro para dicho procedimiento, que oficializó a través de un tiempo señalado, cita o fiesta anual, llamada YOM KIPPUR, que traducido a nuestro idioma se describe como EL DÍA DE LA EXPIACIÓN o EL DÍA DEL PERDÓN (Lv 16:29-31; Lv 23:26-32), el cual se llevaba a cabo en el tabernáculo (templo) que Dios dispuso y por medio del cual decidió manifestarse para ese entonces. Este tabernáculo estaba dividido en 2 zonas separadas por una cortina. La primera zona era conocida como el Lugar Santo, donde podían entrar los sacerdotes y cumplir con sus tareas regulares diarias (Núm 28:1-8; Heb 10:11; Lv 6:12-13; Lv 24:1-9; Ex 30:7-9; Heb 9:6), semanales (Núm 28:9-10), mensuales (Núm 28:11:15), y estacionales (Núm 28:16-25; Núm 28:26-31; Núm 29:1-6; Num 29:7-11; Núm 29:12-39). Por el contrario, en la segunda zona, llamada Lugar Santísimo, solo podía ingresar el sumo sacerdote una vez al año con el fin de cumplir con la expiación de los pecados propios, de su familia y de todo el pueblo de Israel (Lv 16:17), llevándolo a cabo al ofrecer al Señor 2 machos cabríos y un carnero/novillo (Lv 16:5) todos estos sin ningún tipo de defecto (Lv 22:20; Mal 1:8-14). El novillo sería sacrificado y su sangre ofrecida a Dios en favor de él y su familia (Lv 16:6; Lv 16:11); por otro lado, los 2 machos cabríos se presentaban ante el Señor y se echaban suertes sobre ellos, para que uno fuera sacrificado por la expiación de los pecados del pueblo y el otro fuera liberado en el desierto vivo como propiciación por dichos pecados (Lv 16:7-10). Todo lo anterior se describe en detalle en todo el capítulo de Levítico 16 y se resume en Hebreos 9:1-7.

 

Ahora bien, entendiendo el panorama completo dispuesto por Dios para el perdón de pecados, podemos interpretar mucho mejor lo ocurrido hace alrededor de 2000 años, cuando el Mesías Yeshúa (Jesús) vino a la tierra, específicamente a través del pueblo Judío, tal como la profecía lo había indicado (Génesis 49:10; Zacarías 10:4). El vino con varios fines (Is 61: 1; Lc 4:18-19), sin embargo, había un objetivo primordial y principal que era venir a entregar su vida para el perdón de los pecados de quienes creyeran en su nombre (Mt 20:28; Mt 26:28).

 

Tal como lo explicamos al principio, el plan de Dios yacía en el hecho en que él mismo proveería el sacrificio de un tercero inocente para cubrir la “desnudez del ser humano”, es decir, cubrir sus pecados, culpabilidad y vergüenza. Ese tercero fue el Mesías-Yeshúa (Jesús), quien preguntó al Padre celestial llegado el momento si era posible no hacerlo pasar por dicho sacrificio (Mt 26:39-45), sin embargo, el Padre celestial mostró que su voluntad no era evitarle dicho trago amargo, sino que lo envió al sacrificio usando a Judas (Salmo 41:9; Lc 22:47-48), a los lideres judíos de la época (Lc 22:66-71) y al imperio Romano (Lc 23:1-12), pues Dios ya había tomado esta decisión desde antes de la fundación del mundo. (1 Pedro 1:20; Apocalipsis 13:8).

 

Horas antes del momento de su ejecución en la cruz, Yeshúa fue presentado ante el pueblo junto con Barrabás, un homicida encarcelado (Lc 23:19), sobre quienes, en sentido figurado, “echaron suertes”, cayendo sobre Yeshúa la elección para ser sacrificado a pesar de su inocencia, y en Barrabás la elección para ser liberado, tal como ocurrían con los dos machos cabríos en el proceso  anual de expiación (Mt 27:15-26). Además, Yeshúa nunca cometió pecado (1 Pedro 2:22; 1 Juan 3:5) por lo cual era sin mancha ni defecto delante de Dios (Heb 9:14; 1 Pedro 1:18-19), característica primordial para cualquier sacrificio aceptable ante él. Su muerte fue totalmente sufrida, y toda su sangre derramada en la cruz, cumpliendo el tipo de muerte del animal para la expiación (Lv 4:13-15; Lv 6:24-30; Levítico 17:13; Isaías 53:1-12)

 

En esta oportunidad, el sacrificio no lo presentó un sumo sacerdote según el orden Levítico sino el mismo Mesías con la autoridad del sacerdocio según el orden de Melquisedec (Génesis 14:18-20; Salmos 110:4; Hebreos 6:20 y Hebreos 7; Hebreos 8:6) que le permite convertirse en nuestro sumo sacerdote (Hebreos 2:17-18; 3:1; 7:26-27; 8:1; 9:11; 9:24; 10:21) entrando al Lugar Santísimo y presentando su propia sangre una vez y para siempre como expiación por los pecados de su pueblo (Heb 9:12; Heb 10:12-14) con lo que se rasgó la cortina que imposibilitaba nuestra entrada a dicho lugar (Mt 27:50-51) y nos regaló un nuevo camino y una nueva cortina para acceder al Padre, que es su propio cuerpo (Hebreos 6:19-20; 10:19-22; 7:25), siendo esto el sello de la obra de un nuevo tabernáculo/templo (Jn 2:19; Heb 8:2) por medio del cual Dios vive en nosotros (Jn 14:23).  

 

El sacrificio de animales a favor de la nación de Israel estipulado de manera constante durante un año rondaban los 1,100 corderos, 110 becerros y 30 carneros; sin embargo, ni esta cantidad ni ninguna otra podía pagar de manera definitiva la deuda por el pecado del pueblo. Solo la sangre del cordero puro, justo y perfecto lo podía hacer de una vez y para siempre.

 

Ahora cobra sentido las palabras de Juan el bautista, cuando proclamó acerca de Yeshúa: “!Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Jn 1:29)