»Recuerda y no olvides jamás cómo hiciste enojar al SEÑOR tu Dios en el desierto. Desde el día que saliste de Egipto hasta ahora, vienes rebelándote constantemente contra él. 8Hasta en el monte Sinaí le provocaste tanto enojo que estaba dispuesto a destruirte. Deut 9:7-8 NTV
La vida del pueblo de Israel ha sido una constante rebelión contra Dios. Sólo unos días después de haber sido liberado siendo testigos de una de las maravillas más grandes de la historia en el mar Rojo, empezó a renegar y murmurar y a extrañar la antigua vida de esclavo. En el monte Sinaí cuando iban a recibir las tablas del pacto empezaron a adorar a otros dioses.
Por esta rebelión Dios amenazó destruir al pueblo de Israel de una manera completa; sin embargo Moisés tomo esta amenaza para interceder por los hijos de Israel (Num 14:11-19). Dios a cambio de guardar el pueblo de Israel, les dijo “ninguno de los que me despreciaron la verá jamás” y por 40 años hasta que murió el último en el desierto no fue posible el paso del Jordán a la tierra prometida.
Una de las acciones que más desata la ira de Dios es que después de liberarnos, de mostrarnos sus maravillas, de alimentarnos en el desierto, de darnos lo justo, de protegernos de día y de noche, le respondamos adorando a otros dioses. Hoy día a lo mejor no le rendimos culto a un becerro de oro, pero seguimos con dioses entronados en nuestras vidas que quitan y le restan atención a nuestro único y verdadero Dios. El Poderoso de Israel, El Eterno, nuestro Abba Kadosh, Adonai. El con su muchos títulos es el único quien merece la atención y nuestro amor porque el es celoso (Det 4:24; Det 5:9; Jos 24:19; Nah 1:2; Hech 22:3; ).